CARE o Visión ¿Qué nos mueve realmente?

Hace poco, conversando con mi mentor y amigo Fernando Rey, surgió una pregunta poderosa:

¿Existe realmente una diferencia entre tener una visión y cuidar lo que nos importa (CARE)?

Fernando sostiene que la diferencia es solo semántica: ambos conceptos buscan motivar a las personas a comprometerse con los desafíos de la organización.

Desde la perspectiva de devolver al ser humano al centro y no considerarlo como un mero recurso, comparto la idea.


Sin embargo, creo que hay diferencias.

Visión: el "Allá" que queremos alcanzar

Peter Senge define la visión compartida como una fuerza poderosa: no es una idea, es una emoción colectiva, una respuesta a la pregunta:
¿Qué deseamos crear?

La visión proyecta un futuro deseado, un horizonte que da dirección. Es una declaración de posibilidad, una apuesta por lo que aún no existe.

Pero si esa visión solo vive en palabras, corre el riesgo de ser frágil, vacía, incluso impuesta desde arriba.
Para que tenga fuerza real, debe estar sostenida por algo más: una energía viva que nace del presente.

CARE: el “Desde Ahora” que lo sostiene todo

Bob Dunham define CARE como lo que nos importa cuidar.
Es el “para qué” profundo que da sentido, energía y vitalidad a nuestras acciones.

Cuando actuamos desde el CARE, sentimos propósito. Nuestra energía se alinea con nuestros valores. Nos sentimos vivos.

A diferencia de la visión, que apunta hacia el futuro, el CARE habita el presente.
Evita que nuestras aspiraciones se conviertan en globos de helio, bonitos pero inalcanzables.

La fuerza transformadora del CARE

Desde la Ontología del Lenguaje (Rafael Echeverría), señala que el lenguaje no describe la realidad: la crea.

Declarar un propósito transforma nuestra identidad, pero solo si esa declaración está conectada con el cuerpo, la emoción y la acción.
Es lo que Echeverría llama la triple coherencia.

El CARE es ese anclaje somático y emocional. Nos conecta con lo que valoramos profundamente y genera la energía necesaria para actuar con consistencia y compromiso.

Sin CARE, la visión se vuelve un discurso bonito pero estéril.

Del pensamiento al terreno: cómo se hace real la visión

Hablar de visión y CARE puede parecer, a veces, un ejercicio teórico o incluso inspiracional.
Pero lo importante no es solo entenderlos como conceptos.
Lo crucial es cómo los traemos al terreno, cómo los encarnamos en prácticas concretas, sostenidas y vivas.

Para ilustrar esta dinámica —entre lo que soñamos y lo que cuidamos— quiero compartir una metáfora sencilla, pero poderosa:
el paisajista y el jardinero.

El Paisajista, el Jardinero y las Promesas: el arte de diseñar y cuidar un propósito vivo

El paisajista imagina.
Visualiza el jardín ideal: colores, texturas, aromas y formas que florecerán con el paso de las estaciones.
Diseña el “Allá”, la visión. Pero ningún plano florece por sí solo.

Para que ese jardín se vuelva realidad, hace falta más que un diseño: hace falta cuidado, constancia y acción.
Aquí entra el jardinero.

El jardinero no solo riega y poda.
El jardinero se compromete. Promete que las plantas crecerán sanas, que habrá flores en primavera y sombra en verano.

Sus acciones no son tareas sueltas: son promesas activas con fechas, estándares de calidad y sentido.

Las organizaciones que solo diseñan visión sin cultivar compromisos, se parecen a jardines de catálogo: bonitos en papel, inexistentes en la realidad.

Las promesas son los acuerdos que transforman la visión en acción

Una promesa no es simplemente decir “voy a hacer algo”.
Es una coordinación consciente entre personas, con condiciones de satisfacción claras, estándares acordados, contexto de obviedad y juicios compartidos.
Con fechas y seguimiento.

Es decir: una conversación viva que cuida lo que nos importa.

Volviendo a la metáfora:

  • El paisajista representa la Visión: lo que queremos crear.

  • El jardinero representa el CARE: el cuidado activo desde hoy.

  • Las promesas son los acuerdos explícitos entre ambos para que ese jardín cobre vida.

Sin promesas claras, no hay coordinación, no hay seguimiento, no hay cuidado genuino.
El riesgo: que la visión se vuelva un cartel institucional que nadie vive.

¿Y si falta la conversación?

Muchas organizaciones cometen un error frecuente: escriben la Visión, Misión y Valores como si fueran una checklist de liderazgo.
A veces, redactados por “los de arriba”, bajados como instructivos, sin diálogo, sin apropiación.

Sin conversación entre paisajista, vivero, jardinero, tierra y clima, no hay jardín.
Sin conversación entre visión, compromisos y cuidado, no hay cultura viva.
Solo existe un propósito hueco.

Conclusión: Prometer es cuidar

Prometer no es una carga.
Es un acto generativo.

Cada promesa que honra la visión y nace desde el CARE, es una semilla viva.
Prometer es comprometerse con lo que importa.
Es afirmar que vamos a cuidar lo que soñamos.
Es convertir una visión en realidad.

La Visión sin CARE es solo una idea.
Las promesas son el lenguaje que llevan a la acción el cuidado de aquello que nos importa.
El CARE convierte los sueños en actos.

Liderar desde ambos lugares

—desde lo que importa cuidar y lo que deseamos crear—

es el camino hacia una transformación real, sostenible y con sentido.

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